Daido Moriyama (1938), uno de los fotógrafos japoneses vivos más venerados, su trabajo está saturado con la belleza melancólica de la vida en su forma más común. Sus fotografías resumen el wabi-sabi, la estética japonesa de encontrar la belleza en la imperfección. Moriyama se enfoca en lo perdido y lo descartado, y encuentra ecos de vivir a través de la ruptura de los valores tradicionales en el Japón de la posguerra. Su estética es fuerte, imágenes borrosas, desenfocadas, movidas, muy contrastadas y con mucho grano, con encuadres forzados, planos y fugas inclinadas, con un significado ambiguo e incierto, prefiriendo la fragmentación y la subjetividad a la narrativa formal y la objetividad tradicionalmente asociadas al hecho fotográfico Suele deambular por las poco honorables calles del Kabukicho, el distrito rojo más grande de Asia, o por las abarrotadas avenidas con sus característicos anuncios luminosos hasta los callejones más lúgubres de Shijuku, distrito comercial de Tokio, donde cada día desde hace 40 años comienza una frenética captura de la vida en las calles. Sus fotografías explicitan la cara oscura de la vida urbana.